Generación del 98
CONTEXTO HISTÓRICO:
Para España el siglo XIX termina
con una grave crisis: el final de su imperio colonial en 1898. Este
acontecimiento provocó una ola de indignación y de protestas que se
manifestaron en literatura a través de los escritores de la Generación del 98.
No es propiamente un movimiento
literario, sino un grupo de escritores surgidos tras el desastre del 98 que
representan un deseo de renovación político y social entroncado con los
regeneracionistas. Coinciden en sus temas: el paisaje castellano, el interés
por la vida cotidiana del pueblo y el regreso a los clásicos. Coinciden también
en la búsqueda de sencillez en la forma y en el empleo de un lenguaje directo.
Los principales componentes de la
generación son: Miguel de
Unamuno, Valle-Inclán, Antonio Machado, Pío Baroja y Azorín.
Los dos últimos no cultivaron la poesía.
Miguel de Unamuno
BIOGRAFIA :
Poeta, dramaturgo, novelista, filósofo y ensayista español; de una
sagacidad, agudeza e independencia poco frecuentes en la literatura hispánica.
Unamuno es el mejor prototipo del pensamiento filosófico-moral que alienta y
patrocina el trabajo crítico de los escritores de la Generación del 98.
Nació en Bilbao y murió en Salamanca. Estudió el bachillerato en
el Instituto Vizcaíno, prosiguió sus estudios en la Universidad de Madrid,
donde se doctoró en Filosofía y Letras. Se sometió a oposiciones y obtuvo, en
1891, la Cátedra de Griego en la Universidad de Salamanca, para la que sería
nombrado rector de dicha institución, en cuyo cargo permaneció muchos años.
Además
de escritor y profesor, colaboró en gran número de revistas y periódicos de su
tiempo. Fue conferenciante en el Ateneo madrileño y en diversos centros de
cultura. Unamuno fue un poeta genial. Algunos lo consideran como uno de los mejores poetas líricos españoles de su siglo. Fue hondo y fecundo, pero siempre "unamuniano", es decir, muy suyo, inconfundible. En su poesía, Unamuno se deleita, se confiesa, se abre, nos muestra su amor familiar y religioso sinceros, su profunda angustia ante el ser, ante Dios, ante la muerte y ante la inmortalidad de alma. Es un debatir y debatirse continuo consigo mismo. Y a los lectores, su poesía nos zarandea y nos azota, haciéndonos partícipes de sus propias dudas y angustias espirituales, como también es sus "ternuras" humanas..
OBRAS::
Entre sus obras podemos destacar: en ensayo y prosa
narrativa, en torno al casticismo:
·
Paz en la guerra,
·
Vida de Don Quijote y Sancho,
·
Del Sentimiento Trágico de
la Vida,
·
Niebla,
·
Abel Sánchez,
·
La Agonía del Cristianismo,
·
La tía Tula,
·
San Manuel Bueno,
·
Mártir.
En poesía, además de muchas sueltas, sobresalen:
·
Los Salmos
·
El Cristo de Velázquez.
En teatro:
·
Raquel encadenada,
·
Medea,
·
El hermano Juan.
Niebla
Capítulo XXXI.
Aquella
tempestad del alma de Augusto terminó, como en terrible calma, en decisión de
suicidarse. Quería acabar consigo mismo, que era la fuente de sus desdichas
propias. Mas antes de llevar a cabo su propósito, como el náufrago que se
agarra a una débil tabla, ocurriósele consultarlo conmigo, con el autor de todo
este relato. Por entonces había leído Augusto un ensayo mío en que, aunque de
pasada, hablaba del suicidio, y tal impresión pareció hacerle, así como otras
cosas que de mí había leído, que no quiso dejar este mundo sin haberme conocido
y platicado un rato conmigo. Emprendió, pues, un viaje acá, a Salamanca, donde
hace más de veinte años vivo, para visitarme.
Cuando
me anunciaron su visita sonreí enigmáticamente y le mandé pasar a mi
despacho-librería. Entró en él como un fantasma, miró a un retrato mío al óleo
que allí preside a los libros de mi librería, y a una seña mía se sentó, frente
a mí.
Empezó
hablándome de mis trabajos literarios y más o menos filosóficos, demostrando
conocerlos bastante bien, lo que no dejó, ¡claro está!, de halagarme, y en
seguida empezó a contarme su vida y sus desdichas. Le atajé diciéndole que se
ahorrase aquel trabajo, pues de las vicisitudes de su vida sabía yo tanto como
él, y se lo demostré citándole los más íntimos pormenores y los que él creía más
secretos. Me miró con ojos de verdadero terror y como quien mira a un ser
increíble; creí notar que se le alteraba el color y traza del semblante y que
hasta temblaba. Le tenía yo fascinado.
–¡Parece
mentira! –repetía–, ¡parece mentira! A no verlo no lo creería... No sé si estoy
despierto o soñando...
–Ni
despierto ni soñando –le contesté.
–No me
lo explico... no me lo explico –añadió–; mas puesto que usted parece saber
sobre mí tanto como sé yo mismo, acaso adivine mi propósito...
–Sí –le
dije–, tú –y recalqué este tú con un tono autoritario–, tú, abrumado por tus
desgracias, has concebido la diabólica idea de suicidarte, y antes de hacerlo,
movido por algo que has leído en uno de mis últimos ensayos, vienes a
consultármelo.
El
pobre hombre temblaba como un azogado, mirándome como un poseído miraría. Intentó
levantarse, acaso para huir de mí; no podía. No disponía de sus fuerzas.
–¡No,
no te muevas! –le ordené.
–Es
que... es que... –balbuceó.
–Es que
tú no puedes suicidarte, aunque lo quieras.
–¿Cómo?
–exclamó al verse de tal modo negado y contradicho.
–Sí.
Para que uno se pueda matar a sí mismo, ¿qué es menester
[necesario]? –le pregunté.
–Que
tenga valor para hacerlo –me contestó.
–No –le
dije–, ¡que esté vivo!
–¡Desde
luego!
–¡Y tú
no estás vivo!
–¿Cómo
que no estoy vivo?, ¿es que me he muerto? –y empezó, sin darse clara cuenta de
lo que hacía, a palparse a sí mismo.
–¡No,
hombre, no! –le repliqué–. Te dije antes que no estabas ni despierto ni
dormido, y ahora te digo que no estás ni muerto ni vivo.
–¡Acabe
usted de explicarse de una vez, por Dios!, ¡acabe de explicarse! –me suplicó
consternado–, porque son tales las cosas que estoy viendo y oyendo esta tarde,
que temo volverme loco.
–Pues
bien; la verdad es, querido Augusto –le dije con la más dulce de mis voces–,
que no puedes matarte porque no estás vivo, y que no estás vivo, ni tampoco
muerto, porque no existes...
–¿Cómo
que no existo? ––exclamó.
–No, no
existes más que como ente de ficción; no eres, pobre Augusto, más que un
producto de mi fantasía y de las de aquellos de mis lectores que lean el relato
que de tus fingidas venturas y malandanzas he escrito yo; tú no eres más que un
personaje de novela, o de nivola, o como quieras llamarle. Ya sabes, pues, tu
secreto.
Al oír
esto quedóse el pobre hombre mirándome un rato con una de esas miradas
perforadoras que parecen atravesar la mira a ir más allá, miró luego un momento
a mi retrato al óleo que preside a mis libros, le volvió el color y el aliento,
fue recobrándose, se hizo dueño de sí, apoyó los codos en mi camilla, a que
estaba arrimado frente a mí y, la cara en las palmas de las manos y mirándome
con una sonrisa en los ojos, me dijo lentamente:
–Mire
usted bien, don Miguel... no sea que esté usted equivocado y que ocurra
precisamente todo lo contrario de lo que usted se cree y me dice.
–Y ¿qué
es lo contrario? –le pregunté alarmado de verle recobrar vida propia.
–No
sea, mi querido don Miguel –añadió–, que sea usted y no yo el ente de ficción,
el que no existe en realidad, ni vivo, ni muerto... No sea que usted no pase de
ser un pretexto para que mi historia llegue al mundo...
–¡Eso
me faltaba! –exclamé algo molesto.
–No se
exalte usted así, señor de Unamuno –me replicó–, tenga calma. Usted ha
manifestado dudas sobre mi existencia...
–Dudas
no –le interrumpí–; certeza absoluta de que tú no existes fuera de mi
producción novelesca.
–Bueno,
pues no se incomode tanto si yo a mi vez dudo de la existencia de usted y no de
la mía propia. Vamos a cuentas: ¿no ha sido usted el que no una sino varias
veces ha dicho que don Quijote y Sancho son no ya tan reales, sino más reales
que Cervantes?
–No
puedo negarlo, pero mi sentido al decir eso era...
–Bueno,
dejémonos de esos sentires y vamos a otra cosa. (…) A ver, ¿qué opina usted de
mi suicidio?
–Pues
opino que como tú no existes más que en mi fantasía, te lo repito, y como no
debes ni puedes hacer sino lo que a mí me dé la gana, y como no me da la real
gana de que te suicides, no te suicidarás. ¡Lo dicho!
–Eso de
no me da la real gana, señor de Unamuno, es muy español, pero es muy feo. Y
además, aun suponiendo su peregrina teoría de que yo no existo de veras y usted
sí, de que yo no soy más que un ente de ficción, producto de la fantasía novelesca
o nivolesca de usted, aun en ese caso yo no debo estar sometido a lo que llama
usted su real gana, a su capricho. Hasta los llamados entes de ficción tienen
su lógica interna...
–Sí,
conozco esa cantata.
–En
efecto; un novelista, un dramaturgo, no pueden hacer en absoluto lo que se les
antoje de un personaje que creen; un ente de ficción novelesca no puede hacer,
en buena ley de arte, lo que ningún lector esperaría que hiciese... (…) Yo, sea
por mí mismo, según creo, sea porque usted me lo ha dado, según supone usted,
tengo mi carácter, mi modo de ser, mi lógica interior, y esta lógica me pide
que me suicide...
–¡Eso
te creerás tú, pero te equivocas!
–A ver,
¿por qué me equivoco?, ¿en qué me equivoco? Muéstreme usted en qué está mi
equivocación. Como la ciencia más difícil que hay es la de conocerse uno a sí
mismo, fácil es que esté yo equivocado y que no sea el suicidio la solución más
lógica de mis desventuras, pero demuéstremelo usted. Porque si es difícil,
amigo don Miguel, ese conocimiento propio de sí mismo, hay otro conocimiento
que me parece no menos difícil que el...
–¿Cuál
es? –le pregunté.
Me miró
con una enigmática y socarrona sonrisa y lentamente me dijo:
–Pues
más difícil aún que el que uno se conozca a sí mismo es el que un novelista o
un autor dramático conozca bien a los personajes que finge o cree fingir...
Empezaba
yo a estar inquieto con estas salidas de Augusto, y a perder mi paciencia.
–E insisto
–añadió– en que aun concedido que usted me haya dado el ser y un ser ficticio,
no puede usted, así como así y porque sí, porque le dé la real gana, como dice,
impedirme que me suicide.
SALIDA:








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